Experimentación: La forma
El verso libre llegó a España en el siglo XIX con el romanticismo, pero para hacer un buen verso libre es necesario haber entendido antes la tradición. Por eso recomiendo a los poetas experimentar con las formas tradicionales, para entender profundamente estas estructuras clásicas, aprendiendo a expresarse en ataúdes medidos entre dos cuartetos y dos tercetos.
Una vez superado el obstáculo, habrá que entender el verso libre: el endecasílabo se mezcla bien con versos impares como el septasílabo, el eneasílabo o el alejandrino. El octosílabo se parece más a una canción, y es mejor acompañarlos de sílabas pares y versos cortos.
Pero el mayor enemigo de la forma es lo que llamo prosa recortada: poemas sin estructura con versos que podrían ser leídos en prosa, sin nociones de ritmo o composición, que intentan justificarse únicamente mediante el uso de la metáfora, como si ese recurso fuera ajeno a la prosa.
Experimentación: El contenido
La poesía es “aprender a pensar en renglones contados, y no en los sentimientos con que nos exaltábamos”. Cuando hayas llegado a dominar la complejidad de las formas y sus sutilezas, tendrás que escribir algo que valga la pena. Las estructuras silábicas se aprenden, pero la poesía no es sólo ritmo, también hay contenido.
Después de dominar el soneto y el romance, te va a tocar entender la metáfora y la simbología: tu deber es económico. Las imágenes y las metáforas que buscas sirven para transmitir en pocas palabras lo que novelas enteras dicen en cientos de páginas. El mínimo número de palabras para expresar el máximo sentido, a través de las visiones mejor elegidas. Una novela necesita 600 páginas para expresar una idea profunda, el buen poeta es capaz de hacer una obra maestra en dos, y el lector será capaz de memorizarla.
En mi opinión, el haiku japonés es la forma más depurada y perfecta de la poesía. Tres versos de cinco, siete, cinco que contienen cosmovisiones enteras a través de metáforas precisas que aspiran a ser recordadas. Esto no quiere decir que los poemas largos de verso libre sean menos valiosos: Howl de Allen Ginsberg hace versos que imitan el ritmo de su respiración y los carga de contenido trascendental.
Si quieres ser poeta, tendrás que descubrir tu propio ritmo de sílabas y tambores, y la extensión del poema debiera limitarse por una simple regla: todo aquello que no sume al contenido del poema, resta su calidad. Dicho con palabras más concretas: lo que no suma, resta. Esto es fundamental en cualquier obra artística; no se trata de escribir poemas largos, sino versos certeros.
El verso final
El verso final es el más importante de cada poema, la imagen que ha servido de faro para guiar la singladura de los versos debería estallar en los versos finales. Un ejemplo ideal de poeta que sabía terminar sus poemas lo encontramos en el maravilloso Charles Baudelaire, que cierra su apertura de Las flores del mal acusando al lector de ser un hipócrita, un hermano y un semejante. Cuando compara el albatros con un poeta, lo reconoce como “un exiliado sobre el suelo de la grita/ con alas gigantes que le impiden marchar”.
Cuando Jaime Gil de Biedma cierra su mítico poema contra sí mismo, pronuncia: “¡Oh innoble servidumbre de amar seres humanos! ¡Y la más innoble que es amarse a sí mismo!”. Hay que saber cerrar, concretar toda la intensidad de las sílabas pasadas en una imagen perfecta. Aquel verso o metáfora perfecta puede llegar antes de escribir o tras muchos intentos en falso, pero vale la pena hacer del lenguaje un mago que nos dicte el final, el último verso perfecto.
CONCLUSIÓN
La buena poesía cuesta mucho más de lo que aparenta, y tiene mayor valor que el que le damos. Escribir un mal poema carece de mérito, es como hacer una cabaña de hojas de palmera y llamarla arquitectura, aunque por lo visto a las editoriales les gusta imprimir hojas de palmera y llamarlas poesía.
Una vez un amigo me dijo que nada hacía más daño a la poesía que la mala poesía, pero si no queremos cantar en vano tendremos que ser sinceros, y romper con el verso barroco del inseguro, pero escupir también sobre las metáforas gastadas de la cursi solemnidad.
Abriremos nuestras tripas en canal y nos descubriremos a través de la magia del lenguaje, caminaremos por el desierto del idioma a la búsqueda de columnas y espejismos, para buscarnos a nosotros mismos en las metáforas de los pensamientos y los sueños.
Al final de todo creo que hay una cueva en la que los mejores poetas encuentran su propia voz, que es el conocimiento y la sabiduría de sí mismos. Pero bueno, sólo los clásicos han llegado tan lejos, el resto todavía podemos aspirar a los destellos del verbo hecho tango, a este ejercicio que llega a emborracharnos.
*El juego de hacer versos, que no es un juego, es algo que acaba pareciéndose al vicio solitario.