JUNG Y EL TAROT


Jung fue el primer psiquiatra en descubrir e investigar el inconsciente colectivo y darle una importancia y un significado relevante, ya que estableció la existencia de la paradoja final: que el yo consciente y el inconsciente existen de forma interdependiente. O sea, el bienestar de uno depende del bienestar del otro.

Si la conexión entre estos dos se debilita o directamente se rompe, la persona sufre desequilibrios psíquicos y la mente, el alma, cae en el caos. Investigando en sus pacientes, Jung descubrió que las principales causas de esta problemática derivaban del empobrecimiento del espíritu creativo de las personas.

En su trabajo clínico, Jung obtuvo pruebas de que estos desórdenes se debían a un estrechamiento de la totalidad psíquica, formada por consciente e inconsciente, donde el paciente se enfocaba solamente en lo consciente. También descubrió que estos malestares eran cada vez más agudos y frecuentes en épocas modernas, y pensó que se debía a que en la antigüedad las personas tenían un contacto mucho más cercano con lo creativo, con lo interpretativo y, sobre todo, con lo intuitivo.

Por eso le dio mucha importancia terapéutica a todas las formas irracionales con que el hombre había tratado de explorar los misterios de la vida en la antigüedad. Esto explica el interés que demostró por la alquimia, la astrología esotérica y el tarot. En específico, sobre este último, reconoció que Los Arcanos del tarot tenían su origen en los modelos del inconsciente colectivo, los arquetipos

Como los arquetipos en los sueños, Los Arcanos tienen una impronta simbólica que llega desde más allá del nivel de la conciencia y no pueden ser comprendidos de una manera puramente racional. Ya que, aunque tienen un valor simbólico específico, se deben interpretar en conjunto con la sensación y la intuición.

ALQUIMIA - MUTUS LIBER


Muchos consideran que el esplendor de la imaginería alquímica posiblemente llegó a su cima en 1677 con otro de los grandes clásicos: El Mutus Liber (El libro mudo) el cual presenta toda la filosofía hermética en figuras jeroglíficas, siendo un libro sin texto y, por eso, se llama el libro mudo.

El primer paso que se propone es la oración, marcando la imposibilidad de emprender nada sin ayuda del cielo y dando a entender que solo la conexión con lo divino permitirá atravesar el umbral que separa la realidad mundana de la realidad sagrada. El segundo paso es lege, lege, lege, relege, y esta insistencia en la lectura señala la importancia del estudio y la investigación.

Lo habitual ante esto es pensar: ¿por qué leer algo de lo que no voy a entender nada o muy poco? Es una pregunta que inclusive los antiguos alquimistas encontraron muy comprensible, ya que no se puede formular una regla de razonamiento global e inflexible para la lectura de todos los textos alquímicos, cada alquimista pareció transitar un camino individual y volcar sus experiencias en sus propios idiomas y claves.

Por supuesto que existieron referencias generales y puntos comunes, pero solo sus autores comprendieron la totalidad de sus diarios, ya que algunas metáforas eran muy personales.

A veces mil palabras explican la misma cosa, y a veces la misma palabra, según el contexto, explicaba otra. Incluso hay distintos documentos que prueban que no era algo extraño que un alquimista tuviera problemas para entender los escritos de otro alquimista, por todo esto, Nicolas Valois escribió la siguiente frase: “Deja a un lado la diversidad de palabras, pues todas estas no son más que una sola operación”.

Los alquimistas no hablaban para ser comprendidos por la razón, sino que se dirigían a la intuición profunda, a lo que ellos llamaban la fe adámica, prisionera en el ser humano, por eso, en vez de la palabra, prefirieron el idioma de los símbolos y las alegorías plásticas, que entablan una conversación directa con el inconsciente sin tener que ser razonadas de manera consciente.

Tampoco hay que ser un genio para afirmar que los tratados eran intencionalmente complejos y sin embargo, se afirmaba: “lee, lee y relee”, animando a su lectura sin dejarse vencer por el cansancio, el enojo o la frustración, hasta que su comprensión termine por salir de lo inconsciente a lo consciente y hasta que las alegorías se iluminen y se llenen de sentido.

Entonces, la sentencia del Mutus Liber apunta a que se ha de leer muchas veces hasta que, en un momento determinado, se pueda releer, no en el sentido de leerlo una vez más, sino de acceder a su segunda lectura: a conectar con la sutileza del maestro que lo escribió y reconocer sus símbolos, es decir, se pedía fe y constancia antes de emprender el labora et invenies: el “trabaja y encuentra”, o sea, comenzar la obra alquímica.

 Se suponía que el resultado del arte era tan extraordinario, tan por encima de cualquier lógica o imaginación humana, que solo se podía presentar a quienes habían atravesado sin desanimarse la oscuridad intencionada de los volúmenes alquímicos.